Mostrando entradas con la etiqueta escritura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escritura. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de diciembre de 2012

En el parque







Estuve luego sudando una fiebre con la que deliré toda la noche. En mis sábanas descansó la sal de mis guerras interiores, y para la mañana, estaba tan cansada como si hubiera recorrido miles de kilómetros a pie y sin zapatos. Me duelen los talones y mis sesos se quieren salir de su puesto.

sábado, 8 de diciembre de 2012

El ridículo de todos los días





Ayer presentí un guerra, sí, una pequeña, pero al fin y al cabo guerra; pero ¿que hubo hoy? No más que un disgusto enorme con la vida, así y sin explicación. Ayer estaba en esa silla viendo al teatrero cuarentón haciendo su máximo ridículo y de tanto escucharlo gemir y bailar sus pasos acartonados dejé de escucharlo y de verlo. Comencé a distinguir otras formas y a escuchar a otros, creo que allí comenzó la guerra que presentí para hoy.

sábado, 4 de diciembre de 2010

La tortura de leer








La cabeza apoyada en el borde del libro, con el ojo derecho miraba las letras, leía y no entendía. Acostada como estaba, ya rendida, cerré mis ojos para descansar de ese enorme bulto de hojas. Trece, eso creo, esos eran los años que tenía y aborrecía los libros. La tarea: leer, luego resumir. ¿Qué sabía yo de la Odisea?: trescientas páginas, hojas cuarteadas y portada con la imagen de un anciano tallado en mármol. ¿Qué más sabía la profesora? Creo que nada más.

Esa vez, mientras cada página se tragaba mi tiempo, pensaba en estar frente al televisor. Trescientas páginas de las que solo llevaba diez a lo mucho me hacían pensar largo y aburrido. Pero era una niña aplicada y tenía que hacer la tarea, como cuando hacía mis planas de espirales en la primaria; planas y planas de espirales y de frases como “El que critica sufre” o “La virgen es la madre de Dios”.

Espirales, me gustaba hacerlos antes de que fuera una tarea, cuando no estaba aun en el colegio y quería escribir historias para luego leérselas a mi hermana; pasaba mis dedos por los garabatos e imaginaba mi mundo, mis cartas, mis cuentos... En ese momento leer y escribir no era la simple unión de caracteres -como sería luego- sino la construcción de mi universo.

Mi primaria y los espirales, eso sí que ya no tuvo nada de imaginación. Un cuaderno doble línea: cuatro rayas donde las dos de en medio estaban destinadas para las minúsculas y las de afuera de guía para las mayúsculas. Ese era el primer requisito para aprender a escribir, tenía que grabar allí, inclinados de manera correcta y pareja, cuarenta y ocho grupos de espirales en una misma hoja para “soltar la mano” o para “desarrollar la motricidad fina”.

Esa tarde en que cerré los ojos, después de la molesta lectura, recordé los espirales, rodearon mi cabeza y la dejaron atada. Nunca terminé de leerla. ¿Y por qué no he retomado la lectura de la Odisea? No sé, eso abría de preguntárselo a mi conciencia o inconsciencia, en fin, algún día libraré esa batalla, porque en eso se convirtió la lectura: en una batalla, en un enfrentamiento constante de mi pasado con mi futuro.

No sé si hoy la lectura sea tanto como una tortura, algunas ya me resultan atrayentes, pero en cambio sigo pensando en algunas otras como ladrillos duros y pesados.