Estuve
luego sudando una fiebre con la que deliré toda la noche. En mis sábanas
descansó la sal de mis guerras interiores, y para la mañana, estaba tan cansada
como si hubiera recorrido miles de kilómetros a pie y sin zapatos. Me duelen
los talones y mis sesos se quieren salir de su puesto.
Hoy vendrá Juan Carlos y no creo que pueda siquiera cruzar la puerta para verlo. Estoy sola en mi habitación y quisiera permanecer así todo el día. Me gusta la soledad, aunque mi mente se encuentre agitada todo el tiempo. En ocasiones siento que me acompañan fantasmas o deseos sin forma. Están allí rodeando mi carne. Cuando me siento en esa banca del Parque de los Niños, esa que se encuentra al frente de la cancha de tenis, tengo siempre la tentación de mirar a los jugadores a los ojos, no importa si son hombres o mujeres, jóvenes o viejos, si me atraen no siento ninguna pena de mirarlos con deseo; qué se pierde más que una mirada y, sin embargo, pongo mi pecho en ejercicio siempre que recibo una correspondencia. Hace días veo a ese hombre canoso, muy atractivo, rodea los cuarenta; mientras hace sus estiramientos emerge en él todo un ritual de sensualidad, sus posiciones son totalmente espontáneas, suaves y confiadas; sus facciones maduras y fuertes me hacen pensar en una belleza pasada que aun resuma por entre su piel ajada. Ahora no me siento en esa silla, pues no podría mantener la mirada sin sentirme comprometida. Ahora que nos cruzamos a menudo, solo paso y miro sus vivos ojos negros detrás de la malla de la cancha; luego, con una media sonrisa, volteo mi rostro y sigo. Me gustan esos encuentros que nunca van más allá, me gusta quedarme ahí contemplando ese breve segundo de paisaje, como si estuviera frente a un lienzo, sin la necesidad de escarbar en él. Es cierto, tengo miedo de los encuentros cercanos, me produce pavor ofrecer mi intimidad a los otros; me siento en suma vulnerable y torpe. No es fácil sentirse libre cuando se está encerrado en sí mismo, de todos modos encerrarse en relaciones tortuosas no es que ayude mucho. Nunca he sabido nada de eso, trato de mantener todo a raya, el amor a raya, las relaciones a raya; eso no es para mí y resulta sumamente incómodo cada vez que alguien me pregunta por ese asunto. No sé qué decir, mis razones poco tienen que interesar a los demás. A pesar de todo esto, paso largos días pensando en mi carne, pensando en los ojos de esos tenistas amateurs e imagino sus vidas, imagino sus motivos interiores. Laura, por ejemplo, con su rostro alargado y sus piernas como garzas, un ama de casa ejemplar. Dos hijos, lo suficiente. Pasa sus días en esa sala, sentada en ese cómodo mueble blanco frente al televisor. Algunos días ha de acurrucarse en su cama, en esas tardes sola en las que sus hijos van a la escuela de artes marciales, y se regocijará en su ritual íntimo, en sus cremas perfumadas, en sus aceites y en sus caricias secretas. Esos son los mejores momentos del día. Sus dedos son finos y alargados y su cuerpo brota con timidez, se ensancha un poco en sus caderas, solamente lo necesario. Cuando permanece allí tumbada en la cama, sus pechos no se inclinan mucho, son pequeños retoños erizados, firmes aunque apenas asomen temerosos. Y sus piernas delgadas se doblan como pinzas, se recogen para exponer su intimidad, se refresca con la brisa que entra por la mínima rendija de la ventana. Mientras sus dedos juguetean y resbalan suaves, mientras se impulsa, tiembla, cierra sus ojos y entonces… frena en un momento estremecedor en el que palpita todo su cuerpo y en el que respira con dificultad, se deleita en la quietud de su postura y en sus oleadas interiores, espacios sin tiempo donde no existen sus responsabilidades hogareñas. Así los imagino, los recreo en su rutina, en esos ratos donde nadie más los conocerá y donde se descubren en sus propios rituales. Extraños para ellos mismos, en esos ratos de respiraciones entrecortadas y de luchas grotescas, de violentas caricias y de sensaciones desmesuradas. Por eso regreso siempre a esa banca.
Hoy vendrá Juan Carlos y no creo que pueda siquiera cruzar la puerta para verlo. Estoy sola en mi habitación y quisiera permanecer así todo el día. Me gusta la soledad, aunque mi mente se encuentre agitada todo el tiempo. En ocasiones siento que me acompañan fantasmas o deseos sin forma. Están allí rodeando mi carne. Cuando me siento en esa banca del Parque de los Niños, esa que se encuentra al frente de la cancha de tenis, tengo siempre la tentación de mirar a los jugadores a los ojos, no importa si son hombres o mujeres, jóvenes o viejos, si me atraen no siento ninguna pena de mirarlos con deseo; qué se pierde más que una mirada y, sin embargo, pongo mi pecho en ejercicio siempre que recibo una correspondencia. Hace días veo a ese hombre canoso, muy atractivo, rodea los cuarenta; mientras hace sus estiramientos emerge en él todo un ritual de sensualidad, sus posiciones son totalmente espontáneas, suaves y confiadas; sus facciones maduras y fuertes me hacen pensar en una belleza pasada que aun resuma por entre su piel ajada. Ahora no me siento en esa silla, pues no podría mantener la mirada sin sentirme comprometida. Ahora que nos cruzamos a menudo, solo paso y miro sus vivos ojos negros detrás de la malla de la cancha; luego, con una media sonrisa, volteo mi rostro y sigo. Me gustan esos encuentros que nunca van más allá, me gusta quedarme ahí contemplando ese breve segundo de paisaje, como si estuviera frente a un lienzo, sin la necesidad de escarbar en él. Es cierto, tengo miedo de los encuentros cercanos, me produce pavor ofrecer mi intimidad a los otros; me siento en suma vulnerable y torpe. No es fácil sentirse libre cuando se está encerrado en sí mismo, de todos modos encerrarse en relaciones tortuosas no es que ayude mucho. Nunca he sabido nada de eso, trato de mantener todo a raya, el amor a raya, las relaciones a raya; eso no es para mí y resulta sumamente incómodo cada vez que alguien me pregunta por ese asunto. No sé qué decir, mis razones poco tienen que interesar a los demás. A pesar de todo esto, paso largos días pensando en mi carne, pensando en los ojos de esos tenistas amateurs e imagino sus vidas, imagino sus motivos interiores. Laura, por ejemplo, con su rostro alargado y sus piernas como garzas, un ama de casa ejemplar. Dos hijos, lo suficiente. Pasa sus días en esa sala, sentada en ese cómodo mueble blanco frente al televisor. Algunos días ha de acurrucarse en su cama, en esas tardes sola en las que sus hijos van a la escuela de artes marciales, y se regocijará en su ritual íntimo, en sus cremas perfumadas, en sus aceites y en sus caricias secretas. Esos son los mejores momentos del día. Sus dedos son finos y alargados y su cuerpo brota con timidez, se ensancha un poco en sus caderas, solamente lo necesario. Cuando permanece allí tumbada en la cama, sus pechos no se inclinan mucho, son pequeños retoños erizados, firmes aunque apenas asomen temerosos. Y sus piernas delgadas se doblan como pinzas, se recogen para exponer su intimidad, se refresca con la brisa que entra por la mínima rendija de la ventana. Mientras sus dedos juguetean y resbalan suaves, mientras se impulsa, tiembla, cierra sus ojos y entonces… frena en un momento estremecedor en el que palpita todo su cuerpo y en el que respira con dificultad, se deleita en la quietud de su postura y en sus oleadas interiores, espacios sin tiempo donde no existen sus responsabilidades hogareñas. Así los imagino, los recreo en su rutina, en esos ratos donde nadie más los conocerá y donde se descubren en sus propios rituales. Extraños para ellos mismos, en esos ratos de respiraciones entrecortadas y de luchas grotescas, de violentas caricias y de sensaciones desmesuradas. Por eso regreso siempre a esa banca.

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