lunes, 29 de noviembre de 2010

Escuchando a Chopin (La polonesa Heroica)

Ese primer acorde fuerte, un tanto dramático hace inesperado todo lo demás, las notas nos resultan impredecibles para luego tornarse alegres en una danza fuerte, medida, decidida, pero a la vez entretenida con sus arabescos fugaces y sus escalas briosas. El espíritu entonces divaga, se eleva en esos primeros toques de indecisión: agresivos y luego suaves, sigilosos, para llegar poco a poco a la cadencia de la danza, un toque de libertad, de valor y de notas juguetonas, picaditas, a la vez evocadoras de tiempos pasados, de épocas sin tiempo que permanecen en la memoria como materia de nuestros sueños.

La música entonces parece una ola de vida, festín para los sentidos, un abrazo que envuelve y que danza en la mente, en la piel y que nos lleva a nuestro ser más profundo, buscando respuesta a sus misterios. La danza evocadora da paso así a acordes más graves, duros e intensos que se resuelven ligeros, contraste entre lo oscuro y lo fulgente; vaivén del pensamiento en donde los opuestos se complementan en una lucha interior que desemboca en una tonada suave, calma y altiva, una melodía llena de figuras en donde los sentidos se entregan a la placidez y la satisfacción de la victoria, encaminados nuevamente a esa danza alegre que llega siempre después para evocar la magia de la gloria, del camino recorrido.

La vida y sus matices, esa revelación musical de un camino insospechado, aventurado con decisión y altivez; de esta manera los pasos apresurados y firmes se expresan en el fondo con notas graves, escalas intensas acompañadas de una melodía llena de valentía que se hace cada vez más impetuosa y que descansa en una pequeña variación del tema inicial. Los pies son incitados a marchar, las notas se posan allí con la noble intención de hacernos caminar cada vez más seguros y decididos, estas notas nos dan la impresión de un camino lleno de aventura, de búsqueda. De nuevo encontramos el sosiego, las notas juguetean etéreamente como paseando suavemente, dejando la pasión del tema anterior y embriagándonos en la pasividad y la lucidez. Volvemos luego a darnos cuenta de que todo es recuerdo, de que volvemos al tema inicial para releer el pasado y verlo más sereno, más maravilloso y heroico.

Inesperadamente llega el final y los ojos cerrados quedan todavía perdidos, la mente con el eco de la melodía y el cuerpo entero con una vibración casi imperceptible; la Polonesa Heroica queda sí en el ambiente, en los sentidos y en la memoria con el vaivén de bravura y calma, de inseguridad y certeza. Chopin entonces se torna cercano por su música, no por su vida (poco interesa en el momento). El espíritu permanece el vado, lleno de pensamientos y melodías, entre irrealidades más reales y claras que la propia vida.

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